Como una representación periódica de la vida, cada 24 horas se repite un ciclo. Con las primeras luces de cada día comienza un nuevo nacimiento. Volvemos a ver un mundo que, a pesar de todo, siempre será en gran parte desconocido.
Los primeros sonidos nos recuerdan que nunca estamos completamente solos. Siempre podemos tener, al menos, un pájaro dispuesto a regalarnos su canto desinteresadamente.
A medida que el sol parece avanzar cruzando el cielo, comienza la actividad diaria. Los pájaros que antes nos regalaron su canto ahora callan y salen en busca de su primer alimento. La gente comienza sus actividades: trabajo, estudio, incluso el ocio.
El tiempo, esa dimensión sobre la que no podemos decidir nada, sigue su curso como siempre. Llega el crepúsculo y el color rojizo del cielo nos muestra un día ya herido de muerte. Los que durante el amanecer iniciaron sus actividades, ahora las están concluyendo y están iniciando la vuelta al hogar.
Otro día ha concluido. Una pseudo muerte se apodera de esta parte del mundo.
Pero algunos seguimos vivos, observando la belleza que se puede encontrar en la oscuridad y el silencio. Y, mientras hacemos esto, el tiempo, claro, sigue su curso. Y otra vez las luces del alba nos marcan un nacimiento, mientras el sueño nos empuja a ese estado en el que estaba el mundo hace un rato.
En un acto de modestísima rebeldía, "morimos" cuando un día nace.
Finalmente, más tarde o más temprano, y después de presenciar tantas representaciones de la vida, un ocaso llegará a nosotros. Quizás también lleguemos a apreciar la belleza del silencio y la oscuridad que trae, pero no veremos otro nacimiento. Quizás alguien nos recuerde durante algún tiempo, pero la historia habrá terminado.
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